​​El país cambió, pero la vieja política nos sigue creyendo ingenuos

Hay algo ridículo —y peligrosamente anacrónico— en la política colombiana: la convicción obstinada de que el pueblo sigue siendo ciego. Como si bastara repetir las mismas marrullas electorales, las mismas alianzas de pasillo y los mismos cálculos de maquinaria para imponer, una vez más, la voluntad de unos pocos sobre las mayorías.

​Mientras millones de colombianos enfrentan la realidad brutal del desempleo, el hambre, la inseguridad y un sistema de salud que parece una lotería, en ciertos círculos de poder todavía creen que el destino del país se decide en oficinas con aire acondicionado y encuestas prepagadas.
​La cultura del «Poder Torcido»
​La crisis moral que vivimos es más profunda que cualquier nombre propio; es la cultura del poder torcido. Es la misma inercia que nos permitió ver escenas tan absurdas como la de Yidis Medina escondida en un baño del Capitolio, mientras se subastaban notarías a cambio de un voto para modificar la Constitución.
​Aquel fue el símbolo perfecto: una política que negociaba el futuro institucional en un sanitario. Al final, la mujer terminó en la cárcel, mientras los arquitectos del negocio seguían dando discursos sobre ética pública en televisión nacional.

​El olor de las instituciones
​Hoy, la estrategia es la misma: pretenden que el ciudadano no conecte los puntos. Quieren que nadie se pregunte por qué algunas instituciones funcionan con una torpeza sospechosa cuando se trata de contar votos o vigilar elecciones.

​Cuando un registrador confunde «errores» con irregularidades graves, cuando los votos aparecen y desaparecen, y las curules se vuelven fichas de canje, la confianza pública empieza a oler mal.

​La mayor ceguera de esta vieja clase política es seguir viendo al elector como una cifra, un número frío en una ecuación de Excel, y no como una persona con memoria y hambre.

​El triunfo de la espalda al pueblo
​Recientemente, vimos cómo se celebraba con entusiasmo el hundimiento de reformas sociales en el Congreso. Para ellos fue una «victoria política» y una demostración de músculo parlamentario. Para el ciudadano de a pie, fue la confirmación de que una parte de la élite gobierna de espaldas a la realidad social.
​Luego, el espectáculo habitual: convertir la oposición al gobierno actual en una especie de cruzada moral. Pero hay una trampa evidente en esa narrativa: al desconocer sistemáticamente la legitimidad de un gobierno elegido por millones, no solo cuestionan al presidente; están cuestionando la decisión democrática de un pueblo entero. Esa es una línea roja peligrosísima.

​El despertar de «la finca»
​El país ya no es el mismo. Las redes, los debates abiertos y años de frustraciones acumuladas han parido un ciudadano más crítico y menos dispuesto a tragar entero.
​Se nota el desespero en:
​La torpeza con la que se manejan las instituciones electorales.
​La forma grosera en que se intentan manipular los organismos de control.
​El papel descarado de ciertos medios que abandonaron el periodismo para volverse jefes de debate.
​Cuando se suman demasiados abusos y demasiadas trampas, el resultado no es la victoria del poder, sino el agotamiento del pueblo. Y ese cansancio es el verdadero enemigo de la vieja política.

​Colombia ya no es la finca privada de los clanes. El pueblo, ese mismo que trataron como ignorante durante décadas, finalmente aprendió a reconocer el olor de la trampa mucho antes de que empiece la elección.

Por wvpkv